miércoles, 5 de mayo de 2010

Mala sangre: relato extraído de Trainspotting de Irvine Welsh


Los Proclaimers con dos hooligans después de la fiesta del sábado


Uno de los mejores relatos que he leído ultimamente, junto con algo de Bolaño y los clásicos de siempre. Trainspotting es una novela coral, en la que el personaje con más protagonismo, Renton, es el que desarrolla una historia con planteamiento y desenlace muy similares a los de la adaptación de Danny Boyle. En el nudo del libro es donde estriba al gran diferencia con respecto a su cándida versión del celuloide. En una balanza imaginaría de sordidez, la película es un peso pluma y la novela Muhammed Alí. Existen varios relatos desconectados de la trama principal y sus personajes, o de ellos mismos en situaciones que no afectan directamente al desarrollo, y que en principio solo sirven para contornear de forma más eficiente el Edimburgo más yonqui. Pero fue este relato el que más me llamó la atención desde el tercer párrafo, quizás por colmar a un tiempo mis expectativas de sadismo y justicia poética:

"Conocí a Alan Venters a través del grupo de autoayuda VIH y Positivos, aunque él no perteneció al grupo mucho tiempo. Venters no se cuidaba demasiado bien, y pronto desarrolló una de las muchas infecciones oportunistas a las que somos proclives. Siempre encontré divertido el término «infección oportunista». En nuestra cultura, parece evocar alguna cualidad admirable. Pienso en el «oportunismo» del empresario que localiza un hueco en el mercado, o la del delantero en el área de penalti. Unas mierdas muy tramposas, esas infecciones oportunistas.
Los miembros del grupo estábamos más o menos en las mismas condiciones médicas. Todos teníamos anticuerpos del sida, pero la mayoría no presentábamos síntomas. La paranoia nunca andaba muy lejos de la superficie durante nuestras reuniones; todo el mundo parecía estar investigando furtivamente las glándulas linfáticas de los demás para detectar señales de hinchazón. Era desconcertante sentir cómo se desplazaban los ojos de la gente a un lado de tu cara durante una conversación.

Este tipo de comportamiento incrementaba el sentido de irrealidad que pendía sobre mí en aquel momento. Realmente no podía concebir lo que me había pasado. Al principio los resultados de la prueba me parecían sencillamente increíbles, tan incongruentes con lo sano que yo me sentía y aparentaba estar. Una parte de mí seguía convencida de que tenía que haber algún error, a pesar de haberme hecho la prueba tres veces. Mi autoengaño debería haberse hecho añicos cuando Donna se negó a verme, pero siempre siguió aferrándose a mí en el fondo con macabra resolución. Siempre parece que creemos lo que queremos creer.

Dejé de ir a las reuniones del grupo después de que metieran a Alan Venters en la unidad de terminales. Me deprimía sin más y, de todos modos, quería pasar el tiempo visitándole. Tom, mi encargado y uno de los consejeros del grupo, aceptó a regañadientes mi decisión.
«Mira, Dave, pienso que el que vayas a ver a Alan al hospital es estupendo; para él. Sin embargo, estoy más preocupado por ti en este momento. Estás muy bien de salud, y el propósito del grupo es animarnos a vivir al máximo. No dejamos de vivir sólo porque seamos seropositivos...»
Pobre Tom. Su primer traspié del día. «¿Ha sido ése el "nos" mayestático, Tom? Cuando seas seropositivo, no dejes de contármelo todo.»

Las sanas y rosadas mejillas de Tom se ruborizaron. No podía remediarlo. Años de práctica en habilidades interpersonales intensivas le habían enseñado a ocultar las pistas visuales y verbales producto de los nervios. Nada de contacto visual vacilante o voz temblorosa frente a una situación embarazosa. El viejo Tom, no. Por desgracia, Tom no puede hacer nada en lo referente al tizne rojizo que le sube por los laterales de la cara en tales ocasiones.

«Lo siento», se disculpó Tom de forma escueta. Tenía derecho a cometer errores. Siempre decía que la gente tiene ese derecho. Intenta contárselo a mi sistema inmunológico averiado.
«Simplemente me preocupa que escojas pasar tu tiempo con Alan. Ver cómo se descompone no es bueno para ti, y, además, Alan no era precisamente el miembro más positivo del grupo.»
«Desde luego era el más seropositivo.»

Tom decidió ignorar mi observación. Tenía derecho a no responder al comportamiento negativo de otros. Todos teníamos ese derecho, nos había dicho. Tom me gustaba; el suyo era un camino solitario, tratando siempre de ser positivo. Yo pensaba que mi empleo, que suponía ver cómo el cruel bisturí de Howison abría cuerpos inertes, era deprimente y alienante. Es un auténtico picnic sin embargo, comparado con ver cómo descuajaringan las almas. Eso es lo que Tom tenía que aguantar en las reuniones del grupo.

La mayoría de los miembros de VIH y Positivos eran drogotas intravenosos. Pillaron el virus en los chutódromos que habían florecido en la ciudad a mediados de los ochenta, después de que cerraran los suministros quirúrgicos de Bread Street. Eso detuvo el flujo de agujas y jeringuillas nuevas. Después de eso, el rollo fueron las grandes agujas comunitarias y todos a compartirlas por igual. Tengo un colega llamado Tommy que empezó a meterse caballo yendo por ahí con unos tíos de Leith. Conozco a uno de ellos, un tío llamado Mark Renton, con el que trabajé hace muchísimo, en mis días de aprendiz. Tiene ironía que Mark haya estado chutándose caballo durante años, y aún, por lo que yo sé, no está infectado por el virus, en tanto que yo jamás he tocado ese tema en mi vida. Había, sin embargo, suficientes picotas presentes en el grupo como para hacerle caer a uno en que podría ser la excepción y no la regla.

Las reuniones del grupo eran un asunto tenso por lo general. Los yonquis no podían ver a los dos homosexuales del grupo. Creían que el virus había llegado a la comunidad de drogotas de la ciudad a través de un casero maricón, que se follaba a sus inquilinos yonquis cuando tenían el monazo a cambio de perdonarles parte del alquiler. Yo y dos mujeres, una de ellas la compañera no picota de un adicto al jaco, no podíamos ver a nadie puesto que no éramos ni homosexuales ni yonquis. Al principio yo, como todos los demás, creía que había sido «inocentemente» contagiado.

Era con mucho demasiado fácil echar la culpa a los picotas o los maricones en aquel entonces. Sin embargo, había visto los pósters y leído los folletos. Recuerdo que en la época punk los Sex Pistols decían «nadie es inocente». Muy cierto. Lo que hay que añadir, sin embargo, es que algunos son más culpables que otros. Lo que me lleva de vuelta a Venters.

Le di una oportunidad; una oportunidad de mostrarse arrepentido. Era un poco más de lo que el hijoputa se merecía. En una sesión del grupo, conté la primera de varias mentiras, la pista de las cuales me llevaría a hacer mella en el alma de Alan Venters. [...]"



Relato completo aquí

1 comentario:

Rosalía R. dijo...

Aún lo tengo reciente. Crudo como él solo, y precisamente gracias a todos estos relatos a diferentes niveles.
La película juega en otro campo distinto, desde luego.

(por cierto, no continué con Secretos de alcoba de los grandes chefs del mismo Welsh por falta de tiempo pero tiene una pinta alucinante).