domingo, 28 de diciembre de 2008

Una voluta (IV)

Llega a la torre de la iglesia, y por la velocidad que lleva es comparable a las variaciones de mi estado mental desde que aterrizé suavemente aquí.

El problema debe estar en los genes: están imántados. Cuando genes relacionados se cruzan, la fuerza de repulsión es directamente proporcional al grado de parentesco familiar. Esa debe ser la fórmula exacta. Explicaría muchas cosas, incluida aquella silla voladora, ondeante sobre las cabezas de una muchedumbre horrorizada ante una explosión de rabia justificada.

Llega al mirador, y por su espesor parece comparable a la lentitud con la que el tiempo discurre en esta zona del planeta, al menos desde que caí de plano por aquí.

El otro problema es el ruido. Sin compás alguno, el primer minuto sigues la corriente de una de las fuentes. El segundo, apretados los dientes en un esfuerzo poco menos que inútil, solo puedes blasfemar en susurros, entre el coro celestial de gruñidos que se superponen unos a otros, deformando hasta la realidad más simple para convertirla en un instrumento grotesco en aras de una comunicación digna de neandertales borrachos(acompañados por las botellas de anís del mono de rigor).

Llega a la fuente, y por su grandeza parece comparable con mis sentimientos ansiados, de carretera y explosión entre risas, al menos desde que ordené la maleta al llegar aquí.

Finalmente, la niebla lo ha cubierto todo, incluido el cielo, lo único que merece que alguno de los aquí presentes tuerza el cuello buscando algo que admirar, algo que no se encuentre desde su propia ventana.


Se acabó la vaina, maestro.


1 comentario:

Joanna dijo...

Me recuerda las clases de literatura cuando teníamos que comentar un poema y averiguar por qué corta aquí la frase y por qué tiene esta rima. Me gusta, aunque me gustaría saber quién llega.