jueves, 1 de enero de 2009

La princesa prometida o cómo reirse del relato principesco clásico

Se incorporó. La caída por el barranco lo había dejado maltrecho, pero sus huesos sobrevivieron al viaje sin fracturarse. La ayudó a levantarse.

—¿Westley? —dijo entonces Buttercup—. Antes de que me lanzara tras de ti, cuando todavía me encontraba en lo alto del barranco, te oí decir algo, pero no logré distinguir bien tus palabras.
—Lo he olvidado.
—Mentiroso.
Westley le sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—No tiene importancia, créeme; a lo ido, olvido.
—No debemos comenzar con secretos.
Lo decía sentidamente. Westley lo adivinó, por eso repuso:
—Confía en mí.
—Confío. Pero repite tus palabras o tendré motivos para no hacerlo.
Westley suspiró.
—Lo que trataba de hacerte entender, dulce amada mía, lo que para ser más exacto te gritaba con todas las fuerzas que me quedaban era: «¡Hagas lo que hagas, quédate allí arriba! ¡No bajes, por favor!».
—No querías verme.
—Claro que quería verte. La cuestión era que no quería verte aquí abajo.
—¿Y por qué no?
—Porque ahora, preciosa mía, nos encontramos más o menos atrapados. No puedo salir de aquí y llevarte conmigo sin emplear casi todo el día. Lo más probable es que pudiera salir yo solo, en cuyo caso no tardaría todo el día, pero si añadimos tu bonito peso, seguramente no será factible.
—Tonterías; escalaste los Acantilados de la Locura, y este barranco no es ni la mitad de empinado.
—Permíteme que te diga que la escalada me dejó un poquitín exhausto. Y después de ese pequeño esfuerzo, me enfrenté con un tipo que sabía algo de esgrima. Y, a continuación, pasé unos momentos felices enzarzado en una lucha con un gigante. A continuación, me enfrenté con un siciliano en una lucha de ingenio que, afortunadamente, acabó con su muerte, pues el más mínimo error habría hundido en tu garganta aquel cuchillo. Y, después, he corrido durante un par de horas hasta quedarme sin aire en los pulmones. Y, después, me empujaron por un barranco de sesenta metros. Estoy cansado, Buttercup. ¿Comprendes lo que significa estar cansado? He estado toda la noche trabajando, a ver si te enteras.
—No soy ninguna tonta.
—Deja ya de alardear.
—Pues deja de ser grosero.
—¿Cuándo fue la última vez que leíste un libro? Di la verdad. No sirven los libros con ilustraciones..., me refiero a los que llevan letra impresa.

Buttercup se alejó de él.

William Goldman, La princesa prometida

1 comentario:

Rosalie dijo...

Me encanta, y me encantará siempre.

Feliz año, y esas cosas que se dicen siempre.